sábado, 25 de abril de 2009

Capítulo segundo


Pasaron tres días. Tres largos e interminables días en los que respetamos al pie de la letra el tratamiento de mi madre; sin resultado alguno.
Mi padre seguía igual de ágrio conmigo pese a que empezaba a mostrar signos de fatiga el también. Yo estaba en plena forma, aunque estaba realmente preocupada por mi madre pues la fiebre no paraba de subirle. Casi no había salido durante estos tres últimos días, pero cuando ví que mi padre estaba inmóvil en el sofá, fui a llamar al médico.
Cuando salí fuera, las calles estaban completamente desiertas. De repente oí como se acercaban unos caballos. Era la guardia real; unos quince jinetes decorados con innumerables medallas recogidas a lo largo de las más sangrientas batallas. No iban trajeados con sus armaduras sino que llevaban una larga túnica gris, por encima de unas mallas del mismo color, y se protegían la cara con un velo grueso. Pese a no llevar sus uniformes, iban armados. Las espadas les colgaban de la cintura, y tenían puñales metidos en sus oscuras botas. Se pararon a mi altura.
-Señorita, le aconsejo que se vaya a su casa y que se quede allí lo más que pueda hasta que la epidemia pase. Ya le avisaremos...
-Disculpe, es que mis padres están enfermos, y tengo que encontrar al Doctor Gordum...
-El Doctor está en el castillo, ejerciendo su deber junto a la reina. Nadie debe molestarle. Vamos a cerrar las puertas de la ciudad para evitar que se propague la enfermedad. Luego patrullaremos por toda la ciudad para quemar los cadáveres de los difuntos, así que, por su propio bien, enciérrese en casa antes de que alguien la confunda con un cadáver...
Y se fueron al galope, obligándome a apartarme del medio de la calle.
Me sentía desamparada. No sabía qué hacer. ¿Qué iba a ser de mí si mis padres no se curaban? O peor aún, ¿qué sería de Agaësia sin sus habitantes? Si cerraban las puertas de la ciudad, nadie podría venir a ayudarles, a traerles medicinas... Su nombre se perdería en la historia para siempre, sin nadie para contar sus leyendas... Nadie sabría que sus habitantes murieron a cuenta de una epidemia de gripe; nadie vendría a ayudarles...nadie... ¡Eso no podía ser!
Me empezó a dar vueltas la cabeza tan solo pensando en el posible futuro que corrían los agaësianos. De repente, una temblorosa mano me agarró el hombro.
Me dí la vuelta y ví que era « la bruja ». Su mano, o más bien lo que quedaba de ella, pues solo tenía la piel sobre los huesos, me agarraba fuertemente el hombro.
-Tú, eres tú...
Abrió los ojos. Los tenía blancos. Me dió tanto miedo que me caí para atrás. Pese a que fuera ciega, podía verme, yo lo había sentido. Ella me había mirado a los ojos. Se agachó hacia mí y me levantó por el brazo.
-Tú eres quien nos salvará a todos...
Se quedó frente a mí unos instantes, la boca alargada por una extraña sonrisa, mezcla de satisfacción y duda. Y se fue, lentamente, como flotando entre la niebla que se había instalado, encogida en su mantón deshilachado.
Se oyó como se cerraba penosamente el puente levadizo, entre voces y chasquidos, y pude ver como se encendían, una a una las antorchas de la ciudad. Comencé mi camino de vuelta, como fuera de mí, sin fuerzas ni ánimos. Cuando me dí cuenta, estaba en el dique desierto. Las pesadas puertas se estaban cerrando, para impedir cualquier salida o entrada de cargamentos y otros. Estábamos aislados, solos en medio de la nada, sin nadie ni nada que nos ayudaría.
Volví a casa, las palabras de aquella peculiar mujer en la cabeza, preguntándome si de verdad estaba loca o si lo que había dicho era verdad. « Tú nos salvarás a todos », eso era lo que me había dicho... Quizás significaba eso que tenía que tomar una decisión para salvar la ciudad; quizás quería decir que tenía que pedir una entrevista con el Rey Kiron. ¡Tenía que ser eso!
Me dí la vuelta, decidida a entrar en el castillo como fuera cuando de repente oí como se acercaban al galope los jinetes. Uno de ellos desenfundo su espada y gritó:
-Creía que te había avisado... ¡Debías de haberme escuchado la primera vez!
Empecé a correr, lo más rápido que pude hacia mi casa, la espesa niebla dándome cierta ventaja. Llegué a la calle en frente de mi casa, y cuando casi había llegado, ví como otro jinete venía por el otro lado. Entonces, me tiré literalmente por las escaleras de la panadería. Aterricé en las cocinas, cara hacia el suelo, el tobillo ensangrentado. Cerré la puerta de madera y me escondí detrás de los hornos, tapándome la boca para que nadie oyera mis sollozos. Me temblaba todo el cuerpo cuando por la misma puerta por la que había entrado yo entraron dos jinetes. Empezaron a buscarme.
-Sal de ahí, pequeña. Te prometo que no te haremos daño...
Se empezaron a reír.
-Jovencita, por tu propio bien, sal de tu escondite. Podrías meterte en un buen lío; entrar en una propiedad privada...no quiero ni imaginar a lo que te condenarían... Sin hablar de tus padres, claro...-se empezó a reír de nuevo-¿que pensarían de tí tus padres?
Estaban justo al lado de los hornos. Quizás debería salir... Mi castigo sería menor si me rindo yo misma, ¿no? Pero tenía tanto miedo que mi cuerpo no reaccionaba. En el fondo, yo sabía que si salía, me matarían ippso facto, pero tampoco podía quedarme aquí, sin hacer nada, esperando a que me encontraran...
-¡Jinetes! ¡A vuestros puestos!
-Capitán...
Oí como varios caballos se detenían y como los jinetes subían las escaleras cuatro por cuatro.
-Mi Capitán, una muchacha ha entrado en la cocina del panadero...
-¿Alguien te ha dado permiso para hablar?
Oí cómo alguien se bajaba de su montura.
-No, señor...
Como habían dejado la puerta abierta, pude ver que el jinete que me había amenazado estaba frente al Capitán, y a juzgar por su actitud, no parecía menos arrogante.
-¡Dime tu nombre, jinete!
El Capitán le agarró de la barbilla, como para arrancarle la cabeza del cuerpo.
-Brutus Forjazón, señor.
-Bien, Jinete Forjazón... Voy a entrar en esa cocina, y como no haya nadie en ella, recibiréis un castigo de treinta latigazos; ¿me habéis entendido bien?
No sabía lo que era peor... Los Jinetes eran estúpidos y violentos, pero el Capitán... Ví cómo bajaba las escaleras con un paso firme y elegante.
Era Xulius Bongent, el capitán más jóven de todo Utopía. Era alto y fuerte, de tez más bien blanca. Tenía el pelo corto y rizado, de color negro, como su incipiente barba. Tenía los ojos oscuros los días de niebla, y verdes los días de sol. Nunca le había visto sonreír. Su uniforme le daba un toque aún más autoritario. Se trataba de una coraza de bronce que dejaba a descubierto sus musculosos brazos, encima de unas oscuras mallas recubiertas a su vez por una túnica de cuero marrón que le llegaba hasta las rodillas, ya cubiertas por unas botas del mismo material.
Desenfundo su espada.
-¿Hay alguien ahï?
No contesté. Seguí tapándome la boca con una mano, la otra sobre la herida que me había hecho. Tenía miedo... El corazón se me acceleraba cada vez más a medida que se acercaba el Capitán. Ví que miraba hacia el suelo, el ceño fruncido.
Me dí cuenta que mi herida había dejado un riego de sangre hasta mi escondite. Se acercó sigilosamente, casi sin hacer ruido, la espada levantada.
Cuando me descubrió, en medio de un charco de sangre, bajó su espada.
-Aquí no hay nadie, señores. Montad vuestros caballos y volved al castillo. La Reina os necesita. Y tú, Forjazón, recibirás treinta latigazos por injurias y mentiras. Ya os alcanzaré, marcharos.
Esperó a que todos se fueran y se agachó.
-Dime tu nombre, pequeña...
-Aourgen, señor. Yo no he hecho nada malo, se lo juro, yo...
-Eso ya lo sé, Aourgen.
Me miró a los ojos, con cierta tristeza en la mirada, y me cogió el tobillo.
-Esto no tiene buena pinta... ¿Te duele mucho? Espérame aquí, ahora vuelvo.
Fue a su caballo y oí como revolvía en las alforjas. Volvió con una venda y un limón. Se acercó a mí, y cuando fue a cogerme el tobillo, me encogí un poco más de lo que ya estaba.
-¿Tan terrorífico soy?
Estaba sonriendo. Era una sonrisa pícara y sincera. Viendo que no contestaba, prosiguió:
-Bueno, si prefieres, también puedo dejar que la herida se infecte y luego cortarte el pie...
Le sonreí y le tendí mi pie.
-Esto te va a picar un poco...
Me cogió firmemente el tobillo y partió el limón en dos. Vertió el zumo de la fruta en la llaga y me cubrió la herida con suavidad.
-Ya está,¡como nuevo!
-Gracias...
-No me las des; te debo una disculpa por la actitud de mis hombres. No deberían de haberte atacado. Los Jinetes suelen ser un poco tontos, ¿sabes? Supongo que no vives muy lejos, ¿no?
-La casa de al lado... Mis padres están enfermos. Sus Jinetes me han perseguido porque quería ver al Doctor Gordum.
-Lo siento, el Doctor Gordum debe de permanecer cerca de la Reina... También ella está mala. A este paso no quedará nadie en Agaësia... Además; el Rey Kiron ha ordenado el cierre de todas las salidas y entradas de la ciudad para evitar el contagio. A este ritmo, no sobreviviremos mucho tiempo...
Se oyó un ruido fuera.
-Deberías de volver a casa, pequeña Aourgen. Tus padres te necesitan. Corre, yo te cubriré.
Y así fue. Salió primero Xulius, y yo le seguí. No parecía haber nadie, pero el me agarró con fuerza hasta llegar a mi casa.
-Espero que tus padres se mejoren.
Y desapareció entre la niebla sobre su caballo blanco.
Me metí a casa y cerré la puerta con llave.

miércoles, 15 de abril de 2009

Capítulo primero

Abrí los ojos.
Estaba rodeada por una espesa bruma. Se veía una luz a lo lejos así que caminé hacia ella. A medida que la bruma se iba haciendo menos densa, la luz se hizo cada vez más y más intensa hasta cegarme.
Cuando abrí los ojos, en un principio me quedé boquiabierta...
¡Estaba flotando en medio de las nubes!
Cuando miré hacia abajo, tuve la impresión que el corazón se me iba a salir por la boca...
Comencé a asustarme y cerré los ojos.
Cuando los abrí, empecé a tambalearme peligrosamente sobre mi misma. No conseguía encontrar el equilibrio.
Me fuí un poquito hacia la derecha, un poquito hacia la izquierda...hasta que sin darme cuenta me ladeé demasiado. Eso no podía presagiar nada bueno...
No me dio tiempo a gritar.
Caí y caí, los ojos cerrados por el viento que golpeaba mi cuerpo a cuenta de la gravedad. Cuando pude abrirlos de nuevo, solo vi como se iba acercando el mar a mí. Me tapé los ojos con las manos y solo pensé en lo jóven que era para morir.
Abrí los ojos.
Todo estaba a oscuras. Me dí cuenta de que era porque me había tapado la cara con las manos. Moví el meñique de mi derecha y ví que había luz.
Aparté mis manos de la cara y suspiré aliviada al ver que estaba en mi cama.
Sólo había sido un sueño, un sueño que últimamente me perseguía con frecuencia...
Empezó a sonar una música que me era muy familiar... Realicé que era mi solstis, el despertador que me había regalado mi padre para mi decimoprimer cumpleaños.
Se trataba de un recipiente de cristal, pegado sobre una base ovalada de madera, sobre el cual estaban incrustadas en letras de oro las horas, señaladas por unas agujas del mismo material,que contenía polvo de hada. Cuando llegaba la hora de despertarse, el polvo apelmazado en el suelo del recipiente comenzaba a flotar (representando a una pareja de hadas bailando) en aquel cristal, al mismo tiempo que un conocido vals comenzaba a sonar. Entonces, la cantidad suficiente de polvo de hada necesario para despertar al propietario de aquel extraño reloj pasaba a traves del cristal hasta entrar en contacto con los ojos del dormilón en cuestión.
A mi solstis ya no le quedaba mucho polvo de hada; las siluetas de los bailarines se iban haciendo cada vez más confusas. Los granitos de luz se me metieron en los ojos, proporcionándome así una agradable sensación de calidez en todo el cuerpo.
Me quedé sentada un rato en la cama. La luz del sol se filtraba por los espesos cortinones de mi habitación. Parecía que hacía buen tiempo.
Miré a mi alrededor. No es que fuera una habitación particularmente lujosa, pero era mi hogar. Mi cuarto era pequeño; las paredes eran de piedra oscura; el suelo de madera de roble; había una única ventana (que daba directamente a la ciudad)...pero yo estaba a gusto allí. Había intentado aprovechar el espacio al máximo, de modo que mi cama, de sábanas blancas, se encontraba justo en frente de la ventana bajo la cual estaba una mesita de madera de sauce que contenía todo lo necesario para el aseo. A la izquierda de la ventana se encontraba la crujiente puerta de roble y metal. A la derecha del cristal, había un armario marrón oscuro, igual de alto que yo, en el que cabían las pocas vestimentas que poseía. En frente de aquel mueble se encontraban una solitaria silla y un secretaire de pino macizo (que mi padre había hecho para mí) en el que había un candelabro cuya vela estaba medio fundida de la noche pasada, mi solstis y un libro. En sus cajones, yo guardaba lo más valioso que tenía: mi diario. No es que mi vida estuviera llena de aventuras, pero me gustaba escribir a la luz de la luna, contar la vida que se vivía aquí en Agaësia, e imaginar como habría sido mi vida si hubiese nacido en otro lugar.
Me levanté y eché las telas marrones hacia los lados. Miré por la ventana. Hacía un día soleado. La gente ya estaba en las calles, y los marineros ya habían marchado para el puerto. Mi padre era pescador. Supongo que ya habría salido el también...
Me aseé y vestí. Abrí la puerta y miré el estrecho pasillo. La puerta de la habitación de mis padres estaba abierta, lo que significaba que los dos habían salido.
Bajé las escaleras cuidadosamente, agachando la cabeza para no golpearme con el techo. Cuando llegué a la planta baja, el sol había inundado por completo la cocina. Se trataba de un cuarto no mucho más grande que mi habitación, de paredes blancas y luminosas y de baldosa de teja roja ya desgastada por el paso de los años. En frente de la escalera que acababa de bajar, había dos ventanas pegadas la una contra la otra, cubiertas por transparentes visillos horizontales. Justo debajo de ellas se encontraba un viejo fregadero de piedra gris clara en el que yacían los restos de las velas consumidas durante la noche pasada. Los muebles a los lados de la fregadera eran de roble barnizado. En la mesa de mantel blanco, frente a la chimenea, al lado de la escalera, estaba mi desayuno. Había un cuenco de madera lleno de leche junto a un plato del mismo material en el que descansaba pacíficamente un trozo de pan huntado con miel y mermelada de arándanos. Me senté en la silla oscura y desayuné. Después de fregar los cacharros, abrí una pequeña y pesada puerta de madera, a la izquierda de la escalera, que daba a la única habitación de la casa que poseía más de dos ventanas: la sala. Era un cuarto más bien amplio (el más grande de la casa en realidad), de paredes ocres y de suelo de cerezo, que por único mobiliario poseía una gran chimenea rodeada por dos ventanas, un sofá de color oscuro en medio de la habitación y una biblioteca al lado de la ventana (que daba al patio interior)...vacía. En frente de aquella ventana estaba la puerta que daba a la calle; una puerta alta e imponente de metal forjado.
Cogí mi capa verde del perchero y salí a la calle. Hacía bueno aunque soplaba el viento del Mar de Thor. El sol había comenzado su paseo y estaba ya bien avanzado en el cielo cuando atravesé « la ciudad de piedra », así se denominaba a Agaësia, para ir a recoger el trigo en los campos detrás de las murallas.
Pese a que hubiera una escuela en mi pueblo, yo había tenido que ponerme a trabajar porque mis padres habían tenido un « incidente » con el Recaudador de Impuestos. Para rembolsar sus deudas, había decidido colaborar, pese a que me gustara mucho estudiar, y por eso no me había apuntado a clase el mes pasado.
Cogí un cesto de paja a las puertas de la ciudad y me fuí a recoger trigo a la parcela que me tocaba. Debían de ser las doce cuando acabé mi encomiendo pues el sol estaba en medio del cielo. Había conseguido llenar tres cestos enteros así que me fuí, contenta de mi labor. Dejé el último cesto a los pies del viejo molino y me dirigí al castillo a ver a mi madre.
Hay algo que tenéis que saber sobre Agaësia; es una ciudad muy antigua, que vive básicamente de sus tierras y su mar. Toda la ciudad estaba rodeada por murallas de piedra beige, y construída al rededor del castillo (hecho con la misma piedra que las murallas). Todas las casas y comercios daban la espalda al puerto, al que se accedía por unas largas escaleras de piedra que bajaban hasta las playas. Todos los edificios eran de piedra marrón clara y de teja negra, y solían comunicar entre ellos a travès de un patio común. Agaësia era un pueblo muy unido y familiar, de modo que todo lo que sucedía en el pueblo quedaba en el pueblo.
Al llegar a las cocinas, una compañera de mi madre me dijo que se había vuelto a casa por que no se encontraba muy bien. Así pues, me volví para casa.
Al llegar delante de mi casa, ví que la puerta de metal estaba abierta y me pareció extraño. Subí las escaleras del portón y llamé a mi madre.
No me contestó nadie.
Me adentré a la sala y miré la habitación con cierta angustia. En ese momento me dí cuenta de que mi madre estaba en el suelo.
Me acerqué corriendo a ella. Respiraba, pero estaba inconsciente. Le toqué la frente; tenía mucha fiebre. Empecé a angustiarme. No sabía lo que tenía que hacer así que pedí ayuda a mi vecina, que se ocupó de mi madre y envió a su hijo a buscar al médico.
-Aourgen, vete a avisar a tu padre. Creo que ya han vuelto los pescadores...
Corrí todo lo rápido que pude hacia el puerto, y bajé las escaleras tan deprisa que parecía que volaba. Me paré unos segundos a respirar y ví que desde las murallas de arriba me estaba mirando « la vieja loca », una mujer bajita, de tez morena y de pelo blanco y largo que según decían era bruja. Me sentí incómoda y me fuí lo más rápido que pude hacia el muelle. Allí estaba mi padre.
-Papá... ¡Papá!
-¿Aourgen, que pasa?
-Es mamá...tienes que venir, deprisa...
A mi padre se le puso la cara esa que suele poner cuando sabe que algo va mal. Me agarró del brazo y fuimos corriendo hasta casa.
Cuando llegamos, el médico ya estaba obscultando a mi madre, que se encontraba inconsciente en su cama.
Mi padre quiso entrar en la habitación pero el médico se lo prohibió. Se sentó en el pasillo, la espalda contra la pared, la cara entre las manos.
Me senté a su lado, impregnada por la misma inquietud que la que se había apoderado de toda la casa.
Pasó una hora hasta que el Doctor Phyneas Gordum salió de la habitación, con el rostro serio y preocupado.
-Argus, me temo que es gripe... Está en un estado muy avanzado. No sé si Ara sobrevivirá, ella siempre ha sido frágil...
-Ella sobrevivirá. Es una mujer fuerte, lo hará por su familia...
-Doctor, doctor...
Era Ruphius, un niño que vivía al otro lado de la ciudad. Entró en el cuarto sin avisar, asustadizo y respirando con dificultad. Prosiguió:
-Es mi madre, Señor Gordum, y mi padre... Están en el suelo de la cocina, no se despiertan...
El Doctor Gordum nos miró inquieto y cogió la mano del niño. Salió de la habitación y nos dijo:
-En ese caso, os recomiendo mucha precaución pues la enfermedad es muy contagiosa, y dadle Jarabe de Ranacolis durante unos tres días. Si no se le pasa la fiebre...bueno, ya sabéis dónde encontrarme.
Mi padre tenía los ojos llenos de lágrimas. ¿Qué sería de nosotros sin mi madre?
-Aourgen, vete a por el jarabe.
-Pero papá...
-¡He dicho que vayas a por el jarabe! ¿O es que crees que tenemos tiempo de sobra?
Me miró con el rostro deformado por la rabia y el desprecio. Me sentí como humillada, como manchada... Me fui corriendo al boticario.
El tiempo de preparar el medicamento, salí fuera de la tienda a tomar el aire. No pude evitarlo; rompí a llorar. Lloré y lloré; por que tenía miedo que mi madre muriera, por que no sabía porque mi padre me había tratado de ese modo, y al final no supe realmente porque estaba llorando.
Volví a casa con el frasco verde botella, lleno de un líquido pesado y viscoso, color tierra. Cuando entré en la habitación de mi madre, mi padre estaba sentado en una silla a su lado.
-Déjalo ahí, ya me ocupo yo.
-El Señor Jubert Mandragoras me ha dicho que pases mañana a pagarle.
-No; irás tu. Mira en el armario a ver cuanto tenemos...
Abrí las agujereadas puertas del mueble de sauce y miré en la vieja caja de metal. No había nada.
-Papá... No nos queda nada...
Me miró como si hubiese dicho una injuria. Se acercó a mí de un paso violento y me cogió la caja de las manos. Se quedó pensativo, mirando fijamente la caja como si el dinero fuese a aparecer en ella a fuerza de mirarla.
-Puesto que no tenemos dinero...llevarás tu solstis como pago. Y no quiero oír nada más, ¿me has entendido?
Dejó la caja en el armario, cerró sus puertas y volvió a sentarse al lado de su mujer.
Las lágrimas me caían como la lluvia que tras la ventana goteaba. Me fuí a mi cuarto, con la impresión, por primera vez, que ese hombre, Argus Buenafuente, no era mi padre.
El nunca se había comportado así conmigo; al contrario; siempre había sido cariñoso y atento. Pero hoy, era como si me echara la culpa de lo sucedido a mí... Había visto en su mirada el rencor de la culpa y del secreto. Me había dado miedo. Por primera vez mi padre me había impresionado. Hay que entenderme; era un hombre alto y fuerte, de tez dorada por el sol, barbudo y de pelo oscuro. Tenía la voz ronca, y la mirada penetrante. Nunca se había enfadado conmigo, nunca había tenido un mal gesto...hasta hoy. Yo le comprendía; Ara era su mujer, su alma gemela... No eran nada el uno sin el otro.
Mi madre era una mujer muy dulce. Era todo lo que un niño puede desear; amabilidad, cariño y generosidad. Era menuda y de piel muy blanca (puesto que las sirvientas de la reina debían de ser de tez pálida, a diferencia de los demás trabajadores). Tenía el cabello largo y liso(aunque siempre lo llevaba recogido en un moño), color de nuez, como sus ojos. Cuando la encontré inconsciente, estaba aún más pálida que de costumbre, y le caían gotas de sudor por la frente. Estaba temblando y gemía.
Y según he oído, los padres de Ruphius tenían los mismos síntomas cuando los encontraron. Esto era una epidemia...

Mi cuadro favorito, y el que más pega en el blog...

Este cuadro se titula "Amistad".
Se trata de una niña elfa junto a su mejor amigo, un cachorro de lobo. Es un cuadro hecho a óleo y no es muy grande. Fue el primero que hice a óleo, con doce años.
Espero que os guste tanto como a mi ya que esto es como compartir una parte de mi con todo el que lea este blog, y eso me intimida un poco...
Un abrazo, Gerlida.

Siguen los cuadros...

Este cuadro me fue inspirado por una gran fan de Botero: mi madre. Quería que le pintara una gorda en el baño, y yo me decidí a pintar tres ya que en mi casa somos siempre tres a juntarnos delante del espejo a la vez.
Está hecho a óleo y es igual de grande que "Violencia". No se pueden apreciar los colores en la foto (además de que me ha salido torcida, jejeje) pero son colores muy vivos y formas muy redondas y alegres.
Adivinad: ¿ dónde está colgado este cuadro? En el cuarto de baño por supuesto.

¡Sigue la pasarela de los cuadros y otros!



El cuadro de la izquierda se titula "Acquadonna" y lo hice hace dos años para una exposición muy particular sobre el agua. Se trataba de representar el agua bajo una forma distinta a la que estamos acostumbrados y decidí hacer una ninfa saliendo de una fuente.
Es un cuadro muy particular ya que es el primero en el que mezclo diversas materias. El fondo es de óleo, pero el pelo lleva lana de tres colores, el agua que gotea de sus manos está hecho con perlas de tres colores y tamaños diferentes, también lleva puntilla en la cara a modo de máscara y el marco está hecho con boas de plumas negras. Me divertí mucho haciéndolo (aunque solo tuve tres semanas) y ahora estoy haciendo uno semejante para un encargo (con perlas, mariposas y pétalos de flores).
El de la derecha es un dibujo a acuarela de la foto de un león. Lo hice con diez años. Creo que es el unico dibujo que voy a poner en linea ya que tengos decenas y decenas de cuadernos y hojas repletas de bocetos a lápiz, gouache, acuarela...y tardaría siglos en subirlos al blog; además la calidad no es muy buena...
A ver que me decís. Amistosamente, Gerlida.

Lo prometido es deuda...



Queridos bloggeros,
Como prometido, aquí tenéis tres cuadros míos (no es que se vean muy bien; los he tenido que fotografíar con el móvil a falta de cámara, lo siento). Pinto desde que tengo 5 añitos, años en los que empecé a recibir clases de mi ahora amiga y que siempre ha sido para mí mi "hermana mayor". Paré las clases a los doce años, cuando mi amiga se casó con su novio y se fue a vivir lejos de mi pueblecito. Seguí practicando sola y fui descubriendo cosas nuevas (el óleo entre otras). Suelo hacer cuadros por encargo, de modo que no me quedan muchos en casa. Pondré en linea los que encuentre.
El primero, titulado "Avocetas" lo hice con ocho años. Está hecho a gouache.
El segundo, titulado "Violencia" lo hice en el momento más lugubro de mi vida: la adolescencia, jejeje. Representa un conflicto paternofilial. Está hecho a óleo y es de grandes dimensiones.
El tercero, titulado "Venecia" lo hice a los catorce años para una exposición en mi pueblo. Lo llamé así porque todo el mundo creyó que era la ciudad de los canales cuando en realidad me lo inventé... También es óleo y es más grande que el anterior.
Espero que os guste.

martes, 14 de abril de 2009

A mis lectores,

Este es el mapa de Utopía. Lo he encontrado en el diario de mi tataratatara...abuela.

Creo que lo dibujó ella. En él se pueden ver todos los lugares importantes de las aventuras de mi antepasada.

Atentamente,

Gerlida.


Queridos lectores,


he decidido poner en linea un proyecto que hice el año pasado para navidad, pensando muy particularmente en el futuro.


Le pedí a mi abuela que me contara todos los cuentos que me narraba siendo yo una cría (no es que haya crecido mucho más, pero esa es otra historia) y la grabé. A eso, le superpuse unas imágenes que encontré en internet, y el proyecto quedó bastante sino es interesante, emotivo.


A mi familia les pareció un detalle curioso pues lo hice con la intención de que cuando mi abuela ya no fuera de este mundo pudiéramos acordarnos de ella con la ternura que ella siempre ha tenido hacia nosotros todos.


Quizás fuera un poco desplazado por mi parte pensar de manera considerable en la muerte de mis seres queridos, pero es que soy de la opinión que para vivir la vida hay que tener conciencia de la tan frágil mortalidad de nuestro ser. Creo que la muerte es algo que hay que tomar con naturalidad, no veo por qué existe un tabú a su alrededor ya que la muerte hace parte de nuestra vida. Está ahí, en nuestra sombra, esperándonos, vigilando cada minuto de nuestra vida hasta que llegue su gloriosa hora. ¿Y si esa sombra fuera nuestro ángel de la guarda?


Fuera de lo que es este complejo dilema existencial, espero que os guste el video ya que algunas imágenes se ven un poco borrosas...


Amistosamente bajo la sombra del roble más viejo del pueblo,


Gerlida.

video

sábado, 11 de abril de 2009

Prólogo de El Arbol de la Vida



Prólogo sobre los orígenes de Utopía



A/ El Dios de la Creación



En el comienzo de todos los tiempos, cuando tan solo existían el sol, la luna y las estrellas dentro del infinito cielo oscuro, del choque de dos estrellas nació el Dios de la Creación.
No sé si se puede decir que no tenía edad alguna cuando su espíritu salió de las profundidades de aquella recién creada tierra de luz y brillantina, entonces diremos que su edad se contó por cada día que pasaba durante un ciclo entero al que llamaremos año, en el que el sol se acostaba y durante el cual se movían las estrellas.
Habiendo nacido entre las estrellas, heredó el don del equilibrio, del conocimiento y de la creación. No se puede decir que fuera material; simplemente estaba allí, en aquella cosa a la que llamamos Galaxia. Era un espíritu con capacidad para razonar; nada más. Era invisible, ni siquiera etéreo.
Finalizó un ciclo entero tras su nacimiento cuando el Dios de la Creación comenzó a usar los poderes que había recibido. Primero, se creo un alma, que le serviría para sentir y vivir experiencias como el dolor, el alivio, la satisfacción, el anhelo, la soledad... También se creo un cuerpo juntando tierra y polvo de estrella; pero no era como hoy los conocemos; era una silueta dotada de sensibilidad táctil y de sentidos tan esenciales como lo son hoy la vista, el olfato y el gusto (aunque el no los necesitaba pues veía y conocía y sabía todo sobre todo); y de sensibilidad emocional pues estaba dotado de un alma.
Empezándose a encontrar solo, en su segundo ciclo dió vida a una mujer. No se parecía en nada a las de ahora, pero era un cuerpo con alma capaz de ofrecerle el calor que necesitaba.
En su tercer ciclo, creó la belleza y se la proporcionó a si mismo como a su compañera. También, pese a que no lo necesitara, inventó un sistema de comunicación: el habla.
Como ya tenían alma y sentimientos, también tenían necesidades. Así pues, el Dios de la Creación creo un « hogar » que se adaptaba a lo largo de los días a las necesidades de sus ocupantes.
En su cuarto ciclo, comenzó a sentir un anhelo inexplicable hacia su amiga. Tan incontrolable fue ese deseo y esa pulsión, que de esa unión nacieron siete niños. Como habían nacido de la unión del Dios de la Creación y de su « creación », fueron dotados de poderes diversos, alma y sensibilidad, inteligencia y comunicación y belleza.
Según dicen los Ancianos, en el quinto ciclo las estrellas se cayeron del cielo cuando uno de los hijos probó su puntería con el arco. Al ver que las luces más bonitas del cielo se desmoronaban, el Dios de la Creación decidió dar vida propia a los astros. Así pues, cada estrella tenía su regente, hombre o mujer, dotado de alma e inteligencia. También nombró a cada uno de sus hijos dios de un elemento para poder así mantener el equilibrio.





B/ Orígenes de Utopía



Durante el sexto ciclo, aburriéndose, los siete dioses decidieron crear un mundo en el que ellos gobernarían desde el cielo y en el que pondrían a prueba sus capacidades como dioses y se retarían entre ellos.
A partir del del día de la creación, se contaría un nuevo ciclo desde cero en el nuevo mundo: Utopía.
En aquel primer ciclo, mediante el Árbol de la Vida se crearon el agua, las tierras, la flora y la fauna.
En el segundo ciclo los dioses decidieron crear seres dotados de alma y espíritu: seres humanos con capacidad para sentir e inteligencia, pero también seres con capacidades mágicas que irían descubriendo poco a poco. Lo que buscaban era poner a prueba su poder y su magia, mediante los Utopianos, sobre la capacidad de adaptación y supervivencia de las diferentes razas en aquel mundo.
Durante el tercer ciclo, hicieron evolucionar a la especie humana que pasó de un estado primitivo y bestial a una jerarquía ordenada y organizada mediante leyes que regían sus derechos y obligaciones. Los seres mágicos convivían pacíficamente con los « no mágicos » y en las ciudades era corriente ver cómo una bruja hacia aparecer una paloma en su manga delante de un corro de niños humanos y no humanos.
En el cuarto y quinto ciclo, los animales, o por lo menos su mayoría se extinguió por causa del tiempo que en ese ciclo giró al frío polar. Los humanos y los « mágicos » consiguieron sobrevivir gracias a su organización y a sus refugios dentro de la misma tierra.
Tras esos terribles ciclos, el sexto ciclo trajo nuevos animales, nuevas razas adaptadas al nuevo medio ambiente y cultivos. El clima volvió a la normalidad pues los dioses dieron por superada la prueba.
En el séptimo ciclo, los hombres crearon una sociedad en toda regla y construyeron grandes ciudades destinadas a mostrar su gloria. A partir de ese momento, los seres humanos evolucionaron poco, y despacio. Los ciclos pasaron, uno tras otro, en paz y harmonía, sin aportar nada nuevo.
En el ciclo mil vigésimo primero, el Dios de la Creación engaño a una humana y cedió a sus pulsiones. De su unión nació una niña, medio diosa, medio humana. Se creó la religión con sus leyes y sus reglas. Antes, sólo se creía en las fuerzas de la naturaleza que cambiaban de improvisto sin que nada ni nadie las rigiera. También se crearon « Ángeles », o más bien conciencias mágicas destinadas a ocuparse y proteger a sus almas.
Pasó el tiempo y con él vinieron nuevas ideas, ideas revolucionarias y cambiantes pues la hija medio humana del Dios de la Creación reivindicaba sus derechos como diosa, derechos que le fueron denegados por sus hermanastros. Al no conseguir sus fines, y con el único propósito de vengaza y poder, decidió « defender y alertar » a los humanos de la situación injusta y abusiva que sufrían por parte de los seres dotados de capacidades mágicas. Aquel tiempo de paz desapareció por completo con el nacimiento del Mal.
En el ciclo mil quinientos quince, para hacerla callar, los dioses la aceptaron en sus dominios, pero era demasiado tarde para ahogar el fuego que en su espíritu había comenzado. Ella había dado rienda suelta al mal que había arrasado en Utopía.
Entonces empezó una era de guerra y de sufrimiento en la que empieza nuestra historia.