
Mi padre seguía igual de ágrio conmigo pese a que empezaba a mostrar signos de fatiga el también. Yo estaba en plena forma, aunque estaba realmente preocupada por mi madre pues la fiebre no paraba de subirle. Casi no había salido durante estos tres últimos días, pero cuando ví que mi padre estaba inmóvil en el sofá, fui a llamar al médico.
Cuando salí fuera, las calles estaban completamente desiertas. De repente oí como se acercaban unos caballos. Era la guardia real; unos quince jinetes decorados con innumerables medallas recogidas a lo largo de las más sangrientas batallas. No iban trajeados con sus armaduras sino que llevaban una larga túnica gris, por encima de unas mallas del mismo color, y se protegían la cara con un velo grueso. Pese a no llevar sus uniformes, iban armados. Las espadas les colgaban de la cintura, y tenían puñales metidos en sus oscuras botas. Se pararon a mi altura.
-Señorita, le aconsejo que se vaya a su casa y que se quede allí lo más que pueda hasta que la epidemia pase. Ya le avisaremos...
-Disculpe, es que mis padres están enfermos, y tengo que encontrar al Doctor Gordum...
-El Doctor está en el castillo, ejerciendo su deber junto a la reina. Nadie debe molestarle. Vamos a cerrar las puertas de la ciudad para evitar que se propague la enfermedad. Luego patrullaremos por toda la ciudad para quemar los cadáveres de los difuntos, así que, por su propio bien, enciérrese en casa antes de que alguien la confunda con un cadáver...
Y se fueron al galope, obligándome a apartarme del medio de la calle.
Me sentía desamparada. No sabía qué hacer. ¿Qué iba a ser de mí si mis padres no se curaban? O peor aún, ¿qué sería de Agaësia sin sus habitantes? Si cerraban las puertas de la ciudad, nadie podría venir a ayudarles, a traerles medicinas... Su nombre se perdería en la historia para siempre, sin nadie para contar sus leyendas... Nadie sabría que sus habitantes murieron a cuenta de una epidemia de gripe; nadie vendría a ayudarles...nadie... ¡Eso no podía ser!
Me empezó a dar vueltas la cabeza tan solo pensando en el posible futuro que corrían los agaësianos. De repente, una temblorosa mano me agarró el hombro.
Me dí la vuelta y ví que era « la bruja ». Su mano, o más bien lo que quedaba de ella, pues solo tenía la piel sobre los huesos, me agarraba fuertemente el hombro.
-Tú, eres tú...
Abrió los ojos. Los tenía blancos. Me dió tanto miedo que me caí para atrás. Pese a que fuera ciega, podía verme, yo lo había sentido. Ella me había mirado a los ojos. Se agachó hacia mí y me levantó por el brazo.
-Tú eres quien nos salvará a todos...
Se quedó frente a mí unos instantes, la boca alargada por una extraña sonrisa, mezcla de satisfacción y duda. Y se fue, lentamente, como flotando entre la niebla que se había instalado, encogida en su mantón deshilachado.
Se oyó como se cerraba penosamente el puente levadizo, entre voces y chasquidos, y pude ver como se encendían, una a una las antorchas de la ciudad. Comencé mi camino de vuelta, como fuera de mí, sin fuerzas ni ánimos. Cuando me dí cuenta, estaba en el dique desierto. Las pesadas puertas se estaban cerrando, para impedir cualquier salida o entrada de cargamentos y otros. Estábamos aislados, solos en medio de la nada, sin nadie ni nada que nos ayudaría.
Volví a casa, las palabras de aquella peculiar mujer en la cabeza, preguntándome si de verdad estaba loca o si lo que había dicho era verdad. « Tú nos salvarás a todos », eso era lo que me había dicho... Quizás significaba eso que tenía que tomar una decisión para salvar la ciudad; quizás quería decir que tenía que pedir una entrevista con el Rey Kiron. ¡Tenía que ser eso!
Me dí la vuelta, decidida a entrar en el castillo como fuera cuando de repente oí como se acercaban al galope los jinetes. Uno de ellos desenfundo su espada y gritó:
-Creía que te había avisado... ¡Debías de haberme escuchado la primera vez!
Empecé a correr, lo más rápido que pude hacia mi casa, la espesa niebla dándome cierta ventaja. Llegué a la calle en frente de mi casa, y cuando casi había llegado, ví como otro jinete venía por el otro lado. Entonces, me tiré literalmente por las escaleras de la panadería. Aterricé en las cocinas, cara hacia el suelo, el tobillo ensangrentado. Cerré la puerta de madera y me escondí detrás de los hornos, tapándome la boca para que nadie oyera mis sollozos. Me temblaba todo el cuerpo cuando por la misma puerta por la que había entrado yo entraron dos jinetes. Empezaron a buscarme.
-Sal de ahí, pequeña. Te prometo que no te haremos daño...
Se empezaron a reír.
-Jovencita, por tu propio bien, sal de tu escondite. Podrías meterte en un buen lío; entrar en una propiedad privada...no quiero ni imaginar a lo que te condenarían... Sin hablar de tus padres, claro...-se empezó a reír de nuevo-¿que pensarían de tí tus padres?
Estaban justo al lado de los hornos. Quizás debería salir... Mi castigo sería menor si me rindo yo misma, ¿no? Pero tenía tanto miedo que mi cuerpo no reaccionaba. En el fondo, yo sabía que si salía, me matarían ippso facto, pero tampoco podía quedarme aquí, sin hacer nada, esperando a que me encontraran...
-¡Jinetes! ¡A vuestros puestos!
-Capitán...
Oí como varios caballos se detenían y como los jinetes subían las escaleras cuatro por cuatro.
-Mi Capitán, una muchacha ha entrado en la cocina del panadero...
-¿Alguien te ha dado permiso para hablar?
Oí cómo alguien se bajaba de su montura.
-No, señor...
Como habían dejado la puerta abierta, pude ver que el jinete que me había amenazado estaba frente al Capitán, y a juzgar por su actitud, no parecía menos arrogante.
-¡Dime tu nombre, jinete!
El Capitán le agarró de la barbilla, como para arrancarle la cabeza del cuerpo.
-Brutus Forjazón, señor.
-Bien, Jinete Forjazón... Voy a entrar en esa cocina, y como no haya nadie en ella, recibiréis un castigo de treinta latigazos; ¿me habéis entendido bien?
No sabía lo que era peor... Los Jinetes eran estúpidos y violentos, pero el Capitán... Ví cómo bajaba las escaleras con un paso firme y elegante.
Era Xulius Bongent, el capitán más jóven de todo Utopía. Era alto y fuerte, de tez más bien blanca. Tenía el pelo corto y rizado, de color negro, como su incipiente barba. Tenía los ojos oscuros los días de niebla, y verdes los días de sol. Nunca le había visto sonreír. Su uniforme le daba un toque aún más autoritario. Se trataba de una coraza de bronce que dejaba a descubierto sus musculosos brazos, encima de unas oscuras mallas recubiertas a su vez por una túnica de cuero marrón que le llegaba hasta las rodillas, ya cubiertas por unas botas del mismo material.
Desenfundo su espada.
-¿Hay alguien ahï?
No contesté. Seguí tapándome la boca con una mano, la otra sobre la herida que me había hecho. Tenía miedo... El corazón se me acceleraba cada vez más a medida que se acercaba el Capitán. Ví que miraba hacia el suelo, el ceño fruncido.
Me dí cuenta que mi herida había dejado un riego de sangre hasta mi escondite. Se acercó sigilosamente, casi sin hacer ruido, la espada levantada.
Cuando me descubrió, en medio de un charco de sangre, bajó su espada.
-Aquí no hay nadie, señores. Montad vuestros caballos y volved al castillo. La Reina os necesita. Y tú, Forjazón, recibirás treinta latigazos por injurias y mentiras. Ya os alcanzaré, marcharos.
Esperó a que todos se fueran y se agachó.
-Dime tu nombre, pequeña...
-Aourgen, señor. Yo no he hecho nada malo, se lo juro, yo...
-Eso ya lo sé, Aourgen.
Me miró a los ojos, con cierta tristeza en la mirada, y me cogió el tobillo.
-Esto no tiene buena pinta... ¿Te duele mucho? Espérame aquí, ahora vuelvo.
Fue a su caballo y oí como revolvía en las alforjas. Volvió con una venda y un limón. Se acercó a mí, y cuando fue a cogerme el tobillo, me encogí un poco más de lo que ya estaba.
-¿Tan terrorífico soy?
Estaba sonriendo. Era una sonrisa pícara y sincera. Viendo que no contestaba, prosiguió:
-Bueno, si prefieres, también puedo dejar que la herida se infecte y luego cortarte el pie...
Le sonreí y le tendí mi pie.
-Esto te va a picar un poco...
Me cogió firmemente el tobillo y partió el limón en dos. Vertió el zumo de la fruta en la llaga y me cubrió la herida con suavidad.
-Ya está,¡como nuevo!
-Gracias...
-No me las des; te debo una disculpa por la actitud de mis hombres. No deberían de haberte atacado. Los Jinetes suelen ser un poco tontos, ¿sabes? Supongo que no vives muy lejos, ¿no?
-La casa de al lado... Mis padres están enfermos. Sus Jinetes me han perseguido porque quería ver al Doctor Gordum.
-Lo siento, el Doctor Gordum debe de permanecer cerca de la Reina... También ella está mala. A este paso no quedará nadie en Agaësia... Además; el Rey Kiron ha ordenado el cierre de todas las salidas y entradas de la ciudad para evitar el contagio. A este ritmo, no sobreviviremos mucho tiempo...
Se oyó un ruido fuera.
-Deberías de volver a casa, pequeña Aourgen. Tus padres te necesitan. Corre, yo te cubriré.
Y así fue. Salió primero Xulius, y yo le seguí. No parecía haber nadie, pero el me agarró con fuerza hasta llegar a mi casa.
-Espero que tus padres se mejoren.
Y desapareció entre la niebla sobre su caballo blanco.
Me metí a casa y cerré la puerta con llave.








